Me acosté en la arena y soñé formas: los insectos se marchaban de nuestra casa. Bajo el ala está el sombrero cortado: por ahí nos juntábamos a espiar las temibles pisadas puestas en señal de enojo. Ya no hay pasos sólo el eco del zurcidor alejándose. éramos más en los ratos libres en las baldosas solíamos mirar cualquiera de nuestras caras. Ni una mujer ni un animal la gata en la ventana está mirando por ella por los contornos desde la cintura hacia los ojos abiertos a ese espacio que invade la habitación. Hebras de plata cuelgan del amanecer. Mensaje a medias que vuelve y cicatriza lo fantasmal de un cuerpo. Besa la boca. La cara hace del hábito algo más. Toca y deja en las manos esa huerta que clausura como una cima sin bordes sin abismos sin pestañas. un jeroglífico enmascara cada una de las dichas.




Del libro: “La Habitación” (Ediciones Último Reino, 1992)
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